FICHA
1: LA DIGNIDAD
P.
Sergio G. Román
La familia es el lugar
de formación donde se aprende a vivir
los grandes valores; el lugar querido por Dios
para formar al ser humano; el lugar donde nos
instruimos para ser personas; el lugar donde
aprendemos a amar y a ser amados, a ser generosos,
fieles, honestos y esponsables.
Por ello, el semanario
Desde la fe publica una serie de fichas coleccionables
para promover los valores desde nuestra familia.
Ponemos esta nueva sección bajo el amparo
de la Sagrada Familia: Jesús, María
y José. Recuerdos de mi infancia
Cuando éramos niños,
teníamos hambre de papá, y no
porque estuvieran separados mis padres, sino
porque él viajaba continuamente por cuestiones
de trabajo. Para compensar su ausencia, durante
las vacaciones lo acompañábamos
y de ese modo conocimos casi todo el país,
aprendiendo no sólo geografía
e historia, sino principios prácticos
para la vida, emanados de su sabiduría.
Recuerdo que en cierta ocasión
llegamos a un pueblo a la hora de comer. Mi
padre localizó un restaurante y, al estacionar
el auto frente a éste, recibió
la ayuda de un hombre que posiblemente tenía
retraso mental o algún tipo de parálisis
que lo hacía feo ante nuestros ojos de
niños. Mi papá lo trató
muy bien y le dio una propina. Yo creo que nos
ganamos el afecto de aquel hombre porque al
poco rato nos alcanzó cuando ya estábamos
sentados a la mesa y, entre mil sonrisas,
nos ofreció a mis hermanos y a mí
un chicle de esos de cajita. Nuestra primera
reacción fue rechazar la dádiva,
pero mi papá, muy oportunamente, nos
pidió que lo recibiéramos. Lo
hicimos y dimos las gracias. Aquel hombre se
fue feliz.
Entonces vino la lección
de mi padre: "nunca rechacen el regalo
de un pobre, aprendan a recibir y a agradecer";.
Se me quedó grabado para siempre.
Toda persona es digna de
respeto. ¡Qué difícil es
educar a un hijo único! Y se hace más
complicado si es hijo de una mamá soltera.
A los hijos únicos les hace falta esa
magnífica escuela que son los hermanos.
Ellos nos enseñan a preocuparnos por
los demás, a compartir, a hacernos responsables,
a trabajar en equipo, a no ser tan delicados
y hasta a defendernos. Convivir con los hermanos
nos ayuda a tratar a los demás con dignidad
de la forma más efectiva: siguiendo los
mandatos del amor familiar.
Cuando se tiene un hijo único,
los padres deben tener cuidado para ayudarlo
a relacionarse con otros niños y a preocuparse
por ellos, pues de otra forma el niño
crecerá en un ambiente de autosuficiencia
y egoísmo. Él será el centro
del universo y sentirá que todos los
demás están obligados a servirle
y a complacerlo.
La vida en familia es la
gran oportunidad para que los papás inculquen
tanto el respeto a la dignidad de las demás
personas, como el respeto a la propia dignidad.
Los niños imitan,
si los papás hablan con respeto del maestro,
el niño verá en él una
autoridad. Conozco hogares en los que la personal
de servicio es como de la familia y se les trata
con especial cariño. En el hogar se forman
las actitudes de toda la vida y se forja nuestra
vocación.
Si los papás se han
metalizado, los niños se apegarán
a los bienes materiales y buscarán como
finalidad en su vida el ganar mucho dinero.
Si la familia es humanitaria, los hijos tendrán
siempre presente el bienestar de los demás
para escoger su vocación.
Uno de los signos de la crisis
moral de nuestras familias mexicanas es el alto
índice de profesionistas que salen de
las carreras relacionadas con los negocios y
lo poco que se buscan las profesiones de interés
social.
Si en el hogar se da demasiada
atención al dinero fácil, ganado
rápido y con poco esfuerzo, se le cortarán
las alas a los hijos que tienen tendencia hacia
el humanismo o hacia lo social. En nuestras
clases humildes vemos con frecuencia que los
hijos abandonan sus estudios porque prefieren
comenzar a ganar dinero, por ejemplo, en el
comercio ambulante o, peor aún, en alguna
actividad no muy legal.
La escuela del hogar
Es natural reconocer la inmensa
dignidad del ser humano, nacida de su humanidad
misma. Merecen el mismo respeto todos los eres
humanos: hombre o mujer; niño, joven,
adulto o anciano; rico o pobre; paisano o extranjero;
blanco, moreno, amarillo o negro; enfermo o
sano; ¡amigo o enemigo!
En la medida en que reconocemos
la dignidad de los demás, crece nuestra
propia dignidad, somos más humanos. Los
cristianos tenemos todavía una ventaja
más: nuestro creer nos enseña
que todo ser humano está hecho a imagen
y semejanza de Dios y, por si fuera poco, todo
humano es nuestro hermano en la fraternidad
de Dios hecho hombre en Jesucristo.
Los discípulos de
Jesús sabemos, porque Él nos lo
dijo, que todo lo que hacemos por un hermano
más necesitado, lo hacemos por el mismo
Cristo. El trato digno a los demás, fundado
en el amor que Dios nos tiene y en el amor que
nosotros le tenemos, se llama caridad, que no
es -como a veces la mal entendemos- la limosna
que damos a un pobre.
La caridad es el amor que damos a todo humano
porque es nuestro hermano, hijo del mismo Padre
nuestro, al que adoramos.
Es en el hogar donde se aprende
a ser digno, siempre y cuando los padres se
traten mutuamente con respeto, den a sus hijos
la debida importancia y brinden a todos un trato
amable y respetuoso. A final de cuentas, "la
educación se mama, no se adquiere".
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