Hablar
de la familia como formadora de valores hace
referencia a una serie de acciones que implican
todo un proceso orientado a lograr una definición,
una configuración, una firmeza y una
perfección en cada una de las personas
que conforman la familia, procedimientos que
permiten alcanzar una mayor reciedumbre y un
mejor ‘acabado’.
Es universalmente
aceptado que la persona se configura, especialmente
en los primeros años de su vida, en el
seno de la propia familia; aquí es donde
la familia tiene un lugar insustituible en la
formación de la personalidad humana y
cristiana de las personas. El momento histórico
que vivimos nos señala cómo la
familia ha abdicado de su propio ser y de su
misión de formar a las personas, con
las consecuencias que conocemos de relativismo,
subjetivismo, sensualismo y carencia de valores
en la sociedad.
Los valores
tienen como escena natural la vida cotidiana.
Es muy importante comprender este escenario
real de los valores familiares. Por eso mismo,
la vida familiar es la profunda y constante
ocasión real, el vasto horizonte de la
más excelente aventura humana, que no
es otra, al fin, que el amor verdadero, bueno
y bello, como el más elevado valor. Por
eso, la familia tiene una importante y significativa
misión: ser formadora de valores.
Los valores
definen la ‘cualidad’ de las personas,
no sólo desde el punto de vista moral,
sino también ontológico. Los valores
se identifican con las virtudes. La virtud implica
una fuerza, un vigor y una valía para
actuar con integridad y rectitud en función
de un logro de vida. Los valores tienen por
eso una riqueza y una jerarquía que enriquecen
a las personas en diferentes dimensiones:
• Humanamente.
La naturaleza humana tiene unos fines, y cuando
se consiguen, el hombre alcanza su perfección
o plenitud. La naturaleza humana consta de dos
elementos, uno natural y otro racional. Los
valores hacen referencia a la totalidad de la
persona. Aquí caben los aspectos psicológicos
y sociológicos. El enfoque psicológico
estudia, por ejemplo, el modo de ser de la persona
(sus facultades, sus talentos, sus motivaciones,
etc.) y determina no sólo cómo
“son” los actos humanos, sino cómo
“deben ser”. Es decir, se va configurando
el ‘deber ser’ de la persona. La
reflexión sobre los valores es también
“ciencia de comportamientos sociales”.
Efectivamente, hay muchas y variadas conductas
sociales que se van formando en la familia.
Aquí se enfocan las relaciones de un
“yo” con otro “yo” teniendo
en cuenta su dignidad de personas.
• Espiritualmente.
La persona es una totalidad biológica
y espiritual (inteligente y libre) que tiende
a su fin último mediante el desarrollo
armónico de sus facultades. De ahí
que abarque otros ámbitos: Los deberes
de la persona relativos a su espíritu
(formación o cultura de la inteligencia
y de la voluntad) y los deberes de la persona
relativos a su Creador (culto interior o religión).
Este tema se
relaciona y continúa el tema del V Encuentro
Mundial de Familias en Valencia, sobre la educación
de la fe en la Familia. Si tenemos en cuenta
que el Cristiano hoy tiene que ser verdadero
discípulo y misionero en la Iglesia y
en el mundo, nuestro tema se relaciona directamente
con el tema de la V Conferencia del Episcopado
Latinoamericano en Aparecida, entendida la familia
también como formadora de Discípulos
y Misioneros.
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