Catequesis
preparatorias para el
VI Encuentro Mundial de
las Familias
“La
familia, formadora en los
valores humanos y cristianos”.
(México,
D.F., 16-18 de enero de 2009)
Pontificio
Consejo para la Familia
TEMARIO
1. La familia, primera educadora de la fe
2. La familia, educadora de la verdad del hombre:
el matrimonio y la familia
3. La familia, educadora de la dignidad y respeto
de toda persona humana
4. La familia, trasmisora de las virtudes y
valores humanos
5. La familia, abierta a Dios y al prójimo
6. La familia, formadora de la recta conciencia
moral
7. La familia, primera experiencia de Iglesia
8. Colaboradores de la familia: la parroquia
y la escuela
9. La familia y el modelo de la familia de Nazaret
10. La familia, destinataria y agente de la
nueva evangelización
ESTRUCTURA DE CADA ASAMBLEA
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura bíblica
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
primera:
La
familia, primera educadora de la fe
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura bíblica: Hech 16, 22-34
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. Dios quiere que todos los hombres conozcan
y acepten su plan de salvación, revelado
y realizado en Cristo (cf. 1 Tim 1,15-16). Dios
habló de muchas maneras a nuestros padres
(cf. Heb 1,1; todo el AT). Llegada la plenitud
de los tiempos (cf. Gá 4,4) nos habló
de modo pleno y definitivo en y por Cristo (cf.
Heb 1,2-4): el Padre no tiene otra Palabra que
darnos, porque nos dio la única y la
última en Cristo.
2. La Iglesia ha recibido
el mandato de anunciar a todos los hombres esta
gran noticia: «Id al mundo entero y haced
discípulos míos todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo»
(Mt 28,19). Los Apóstoles así
lo entendieron y realizaron desde el día
de Pentecostés, llenando con el anuncio
de Cristo Muerto y Resucitado para nuestra salvación
a Jerusalén (Hech cap.1-5) y a todo el
mundo entonces conocido (cf. Libro de los Hechos
y Cartas)
3. La familia cristiana, Iglesia
doméstica, participa de esta misión.
Más aún, la familia tiene como
primeros y principales destinatarios de este
anuncio misionero a sus hijos y familiares,
como lo atestiguan las Cartas Pastorales paulinas
y la praxis posterior. Los esposos santos y
los padres cristianos de todos los tiempos así
lo han vivido (padre de santa Teresa de Jesús,
padre de santa Teresita del Niño Jesús;
tantos padres de hoy). A la luz de la feliz
experiencia de la Iglesia en las sociedades
cristianas de Europa (cuando la familia realizó
esta misión educadora con sus hijos)
y a la luz también de las gravísimas
repercusiones negativas que hoy se constatan
(por el abandono o descuido de esta misión),
es preciso que la familia vuelva a ser la primera
educadora de la fe en esas naciones —hoy
ya no cristianas de hecho—, en las que
se está afianzando la fe y en las que
se está implantando la Iglesia. El principal
apostolado misionero de los padres tiene que
acontecer en su misma familia, pues sería
un desorden y un antitestimonio pretender evangelizar
a otros, descuidando la evangelización
de los nuestros. Los padres trasmiten la fe
a sus hijos con el testimonio de su vida cristiana
y con su palabra.
4. El núcleo
central de esta educación en la fe es
el anuncio gozoso y vibrante de Cristo, Muerto
y Resucitado por nuestros pecados. En íntima
conexión con este núcleo se encuentran
las demás verdades contenidas en el Credo
de los Apóstoles, los sacramentos y los
mandamientos del decálogo. Las virtudes
humanas y cristianas forman parte de la educación
integral de la fe. (Este bagaje fundamental
no se puede presuponer hoy casi nunca, ni siquiera
en los países llamados «cristianos»
y en los casos en los que los padres piden los
sacramentos de la iniciación para sus
hijos, dada la crasa ignorancia religiosa y
la escasa práctica religiosa de los padres).
K. Reflexión del que dirige
L. Diálogo
M. Compromisos
N. Oración comunitaria
O. Oración por la familia
P. Canto final
Catequesis
segunda:
La
familia, educadora de la verdad del hombre:
el matrimonio y la familia
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura bíblica: Gén 1, 26-28
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. La principal cuestión que debe encarar
hoy la familia en la educación cristiana
de sus hijos no es religiosa sino principalmente
antropológica: el relativismo radical
ético-filosófico. Según
él, no existe una verdad objetiva del
hombre y, como consecuencia, tampoco sobre el
matrimonio y sobre la familia. La misma diferencia
sexual, intrínseca al aspecto biológico
del varón y la mujer, no se fundamenta
en la naturaleza sino que se considera un simple
producto cultural, que cada uno puede cambiar
según sus propias concepciones. Con ello
se niega y se destruye la misma existencia de
la institución matrimonial y de la familia.
2. El relativismo afirma también
que no existe Dios ni la posibilidad de conocerlo
(ateísmo y agnosticismo), y tampoco existen
normas éticas y valores permanentes.
Las únicas verdades son las que dimanan
de las mayorías parlamentarias.
3. Ante esta realidad tan
radical y condicionante, la familia tiene hoy
la ineludible tarea de trasmitir a sus hijos
la verdad del hombre. Como ya ocurrió
en los primeros siglos, hoy es de capital importancia
conocer y comprender la primera página
del Génesis: existe un Dios personal
y bueno, que ha creado al hombre y a la mujer
con igual dignidad pero distintos y complementarios
entre sí, y les ha dado la misión
de engendrar hijos, mediante la unión
indisoluble de ambos en «una caro»
(matrimonio). Los textos que narran la creación
del hombre, ponen de manifiesto que la pareja
hombre y mujer son —según el designio
de Dios— la primera expresión de
la comunión de personas, pues Eva es
creada semejante a Adán como aquella
que, en su alteridad, lo completa (cf. Gén
2,18) para formar con él una «sola
carne» (cf. Gén 2,24). Al mismo
tiempo, ambos tienen la misión procreadora
que los hace colaboradores del Creador (cf.
Gén 1,28).
4. Esta verdad del hombre
y del matrimonio ha sido conocida también
por la recta razón humana. De hecho,
todas las culturas han reconocido en sus costumbres
y leyes que el matrimonio consiste sólo
en la comunión de hombre y mujer, aunque,
a veces, admitieran la poligamia o la poliginia.
Las uniones de personas del mismo sexo han sido
consideradas siempre ajenas a lo que es el matrimonio.
5. San Pablo ha descrito todo
esto con trazos muy vigorosos en su carta a
los Romanos, al describir la situación
del paganismo de su época y el desorden
moral en que había caído por no
querer reconocer en la vida al Dios que había
conocido con la razón (cf. Rom 1,18-32).
Esta página neotestamentaria ha de ser
bien conocida hoy por la familia, para no edificar
su acción educadora sobre arenas movedizas.
El desconocimiento de Dios lleva también
a la ofuscación de la verdad sobre el
hombre.
6. Los Padres
de la Iglesia ofrecen doctrina abundante y son
un buen ejemplo en el modo de proceder, pues
tuvieron que explicar detenidamente la existencia
de un Dios Creador y Providente, que ha creado
el mundo, el hombre y el matrimonio como realidades
buenas; y combatir los desórdenes morales
del paganismo que afectaban al matrimonio y
la familia.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
tercera:
La
familia, educadora de la dignidad y respeto
de toda persona humana
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura bíblica: Jn 9, 1-11
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre,
la imagen viva de Dios mismo; imagen que encuentra
—y está llamada a descubrir cada
vez más profundamente—, su plena
razón de ser en el misterio de Cristo.
Cristo nos revela a Dios en su verdad; pero,
a la vez, manifiesta también el hombre
al hombre. Este hombre ha recibido de Dios una
incomparable e inalienable dignidad, pues ha
sido creado a su imagen y semejanza y destinado
a ser hijo adoptivo. Cristo, con su encarnación
se ha unido, de alguna manera, con todo hombre.
2. Por haber sido hecho imagen
de Dios, el ser humano tiene la dignidad de
persona: no es sólo algo, sino alguien.
Es capaz de conocerse, de darse libremente y
entrar en comunión con otras personas.
Esta relación con Dios puede ser ignorada,
olvidada o removida, pero jamás puede
ser eliminada, porque la persona humana es un
ser personal creado por Dios para relacionarse
y vivir con Él.
3. El hombre y la mujer tienen
la misma dignidad porque ambos son imagen de
Dios y porque, además, se realizan profundamente
a sí mismos reencontrándose como
personas a través del don sincero de
sí mismos. La mujer es complemento del
hombre como el hombre lo es de la mujer. Mujer
y hombre se complementan mutuamente, no sólo
desde el punto de vista físico y psíquico,
sino también ontológico, pues
sólo gracias a la dualidad de lo «masculino»
y «femenino» se realiza plenamente
«lo humano». Es la «unidad
de los dos» la que permite a cada uno
experimentar la relación interpersonal
y recíproca. Además, sólo
a esta «unidad de los dos» Dios
le confía la obra de la procreación
y la vida humana.
4. Toda la creación
ha sido hecha para el hombre. En cambio, el
hombre ha sido creado y amado por sí
mismo. El hombre existe como un ser único
e irrepetible. Es un ser inteligente y consciente,
capaz de reflexionar sobre sí mismo y,
por tanto, de tener conciencia de sí
y de sus actos.
5. La dignidad de la persona
humana —de toda persona humana—
no depende de ninguna instancia humana, sino
de su mismo ser, creado a imagen y semejanza
de Dios. Nadie, por tanto, puede maltratar esa
dignidad sin cometer una gravísima violación
del orden querido por el Creador. Por lo mismo,
una sociedad justa sólo puede realizarse
en el respeto de la dignidad trascendente de
la persona humana.
6. Las personas minusválidas,
a pesar de sus limitaciones y los sufrimientos
grabados en sus cuerpos y facultades, siguen
siendo sujetos plenamente humanos, titulares
de derechos y deberes, que nadie puede conculcar
ni discriminar.
7. Los no nacidos son también
personas desde el mismo momento de su concepción;
y su vida no puede ser destruida por el aborto
o la experimentación científica.
Destruir la vida de un no nacido, que es completamente
inocente, es un acto de suprema violencia y
de gravísima responsabilidad ante Dios.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis cuarta:
La
familia, trasmisora de los valores y virtudes
humanas
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura bíblica; Jn 1, 43-51
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. La familia, nacida de la íntima comunión
de vida y de amor conyugal fundada sobre el
matrimonio de un hombre y una mujer, es el lugar
primario de las relaciones interpersonales,
el fundamento de la vida de las personas y el
prototipo de toda organización social.
Esta cuna de vida y amor es el lugar apropiado
en que el hombre nace y crece, recibe las primeras
nociones de la verdad y del bien donde aprende
qué quiere decir amar y ser amado y,
por consiguiente, qué quiere decir ser
persona. La familia es la comunidad natural
donde se tiene la primera experiencia y el primer
aprendizaje de la socialidad humana, pues en
ella no sólo se descubre la relación
personal entre el «yo» y el «tú»,
sino que se da el paso al «nosotros».
La entrega recíproca del hombre y de
la mujer unidos en matrimonio, crea un ambiente
de vida en el cual el niño puede desarrollar
sus potencialidades, tomar conciencia de su
dignidad y prepararse a afrontar su destino
único e irrepetible. En este clima de
afecto natural que une a los miembros de la
comunidad familiar cada persona debe ser reconocida
y responsabilizada en su singularidad.
2. La familia educa al hombre
según todas sus dimensiones hacia la
plenitud de su dignidad. Es el ámbito
más apropiado para la enseñanza
y trasmisión de los valores culturales,
éticos, sociales, espirituales y religiosos,
que son esenciales para el desarrollo y bienestar
tanto de sus propios miembros como de la sociedad.
En efecto, es la primera escuela de las virtudes
sociales, que necesitan todos los pueblos. La
familia ayuda a que las personas desarrollen
algunos valores fundamentales que son imprescindibles
para formar ciudadanos libres, honestos y responsables;
vg. la verdad, la justicia, la solidaridad,
la ayuda al débil, el amor a los demás
por sí mismos, la tolerancia, etcétera.
3. La familia es la mejor
escuela para crear relaciones comunitarias y
fraternas, frente a las actuales tendencias
individualistas. En efecto, el amor —que
es el alma de la familia en todas sus dimensiones—
sólo es posible si hay entrega sincera
de sí mismo a los demás. Amar
significa dar y recibir lo que no se puede comprar
ni vender sino sólo regalar libre y recíprocamente.
Gracias al amor, cada miembro de la familia
es reconocido, aceptado y respetado en su dignidad.
Del amor nacen relaciones vividas como entrega
gratuita, y surgen relaciones desinteresadas
y de solidaridad profunda. Como demuestra la
experiencia, la familia construye cada día
una red de relaciones interpersonales y educa
para vivir en sociedad en un clima de respeto,
justicia y verdadero diálogo.
4. La familia cristiana hace
descubrir a los hijos que los abuelos y ancianos
no son inútiles porque no sean productivos,
ni gravosos porque necesiten el cuidado desinteresado
y constante de sus hijos y nietos; pues enseña
a las nuevas generaciones, que además
de los valores económicos y funcionales,
hay otros bienes: humanos, culturales, morales
y sociales que son incluso superiores.
5. La familia ayuda a descubrir
el valor social de los bienes que se poseen.
Una mesa, en la que todos comparten los mismos
alimentos, adaptados a la salud y edad de los
miembros es un ejemplo, sencillo pero eficacísimo,
para descubrir el sentido social de los bienes
creados. El niño va incorporando así
criterios y actitudes que le ayudarán
más adelante en esa otra familia más
amplia que es la sociedad.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis quinta:
La
familia, abierta a Dios y al prójimo
A. Canto de entrada
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Ef 5, 25-33
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. El hombre está hecho
a imagen y semejanza de Dios, para vivir y convivir
con Él. Ni el ateísmo, ni el agnosticismo,
ni la indiferencia religiosa son situaciones
naturales del hombre ni pueden tampoco ser situaciones
definitivas para una sociedad. Los hombres estamos
re-ligados esencialmente a Dios, como una casa
lo está respecto al arquitecto que la
construyó. Las dolorosas consecuencias
de nuestros pecados pueden oscurecer este horizonte,
pero, más pronto o más tarde,
añoramos la casa y el amor del Padre
del Cielo. Nos ocurre como al hijo pródigo
de la parábola: no dejó de ser
hijo cuando marchó de la casa de su padre
y, por eso, a pesar de todos sus extravíos,
terminó sintiendo un anhelo irresistible
de volver. De hecho, todos los hombres sienten
siempre la nostalgia de Dios y tienen la misma
experiencia que san Agustín, aunque no
sean capaces de expresarla con la misma fuerza
y belleza que él: «Nos hiciste,
Señor, para ti, y nuestro corazón
no descansará, hasta que descanse en
Ti» (Confesiones, 1,1).
2. Consciente de esta realidad,
la familia cristiana sitúa a Dios en
el horizonte de la vida de sus hijos desde los
primeros momentos de su existencia consciente.
Es un ambiente que ellos respiran e incorporan.
Esto les ayuda a descubrir y acoger a Dios,
a Jesucristo, al Espíritu Santo y a la
Iglesia. Con plena coherencia, ya desde el primer
momento de su nacimiento, los padres piden a
la Iglesia el Bautismo para ellos y les llevan
con gozo a recibir las aguas bautismales. Luego,
les acompañan en la preparación
a la Primera Comunión y a la Confirmación
y les inscriben en la catequesis parroquial
y buscan para ellos la escuela que mejor les
eduque en la religión católica.
3. Sin embargo, la verdadera
educación cristiana de los hijos no se
limita a incluir a Dios entre las cosas importantes
de su vida, sino que sitúa a Dios en
el centro de esa vida, de modo que todas demás
actividades y realidades: la inteligencia, el
sentimiento, la libertad, el trabajo, el descanso,
el dolor, la enfermedad, las alegrías,
los bienes materiales, la cultura, en una palabra:
todo, estén modelados y regidos por el
amor a Dios. Los hijos tienen que habituarse
a pensar antes de cada acción u omisión:
«¿qué quiere Dios que haga
o deje de hacer ahora?» Jesucristo confirmó
la fe y convicción de los fieles de la
Antigua Alianza, sobre el que consideraban como
«el gran mandamiento», cuando respondió
al doctor de la Ley que «el primer mandamiento
es éste: amarás al Señor,
tu Dios, con todo tu corazón, con toda
tu alma, con todas tus fuerzas» (cf. Mc
12,28; Lc 10,25; Mt 22,36s).
4. Esta educación en
la centralidad del amor a Dios la realizan los
padres, sobre todo, a través de las realidades
de la vida diaria: rezando en familia en las
comidas, fomentando en los hijos la gratitud
a Dios por los dones recibidos, acudiendo a
Él en los momentos de dolor en cualquiera
de sus formas, participando en la misa dominical
con ellos, acompañándoles a recibir
el sacramento de la Reconciliación, etc.
5. La pregunta del doctor
de Ley sólo incluía «cuál
es el primer mandamiento». Pero Jesús,
al responderle, añadió: el segundo
es semejante a éste: «amarás
al prójimo como a ti mismo». El
amor, pues, al prójimo es «su mandamiento»
y «el distintivo» de sus discípulos.
Como concluía san Juan con fina sicología:
«Si no amamos al prójimo a quien
vemos ¿cómo vamos a amar a Dios
a quien no vemos?» (1 Jn 4,20).
6. Los padres han de ayudar
a sus hijos a descubrir al prójimo, especialmente
al necesitado, y a realizar pequeños
pero constantes servicios: compartir con sus
hermanos los juguetes y regalos, ayudar a los
que son más pequeños, dar limosna
al pobre de la calle, visitar a los familiares
enfermos, acompañar a los abuelos y prestarles
pequeños servicios, aceptar a las personas
haciéndoles pasar por alto y perdonar
las pequeñas limitaciones y ofensas de
cada día, etc. Estas cosas, repetidas
una y otra vez, configuran la mentalidad y crean
hábitos buenos, para afrontar la vida
del « prejuicio» mediante el amor
a los demás, y hacerles así capaces
de crear una sociedad nueva.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis sexta:
La
familia, formadora de la recta conciencia moral
A. Canto de entrada
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Ef 6, 1-17
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. El hombre actual está cada vez más
persuadido de que la dignidad y vocación
de la persona humana requiere que, guiado por
la luz de su inteligencia, descubra los valores
inscritos en su naturaleza, los desarrolle sin
cesar y los realice en su vida, logrando así
un progreso cada vez mayor. Ahora bien, en sus
juicios sobre los valores morales, es decir,
sobre lo que es bueno o malo y, por ello, sobre
lo que debe hacer u omitir, no puede proceder
según su personal arbitrio. El hombre,
en lo más hondo de su conciencia, descubre
la presencia de una ley que él no se
dicta a sí mismo y a la que debe obedecer.
Esta ley ha sido escrita por Dios en su corazón,
de modo que, además de perfeccionarse
con ella como persona, será esta ley
por la que Dios le juzgará personalmente.
2. Por consiguiente, no existe
verdadera promoción de la dignidad del
hombre más que en el respeto del orden
esencial de su naturaleza. Ciertamente, han
cambiado y seguirán cambiando muchas
condiciones concretas y muchas necesidades de
la vida humana. Sin embargo, toda evolución
de las costumbres y todo género de vida
han de mantenerse dentro de los límites
que imponen los principios inmutables fundados
sobre los elementos constitutivos y sobre las
relaciones esenciales de la vida humana; elementos
y relaciones que están más allá
de las contingencias históricas.
3. Estos principios fundamentales,
comprensibles por la razón, están
contenidos en la ley divina, eterna, objetiva
y universal, por la que Dios ordena, dirige
y gobierna el mundo y los caminos de la comunidad
humana según el designio de su sabiduría
y amor. Dios hace partícipe al hombre
de esta ley suya, de modo que el hombre pueda
conocer más y más la verdad inmutable.
Además, Cristo ha instituido a su Iglesia
como columna y fundamento de la verdad y le
ha dado la asistencia permanente del Espíritu
Santo para que conserve sin error las verdades
de orden moral e interprete auténticamente
no sólo la ley positiva revelada sino
también los principios morales que brotan
de la misma naturaleza humana y que atañen
al desarrollo y perfección del hombre.
4. Hoy son muchos los que
sostienen que la norma de las acciones humanas
particulares no se encuentra ni en la naturaleza
humana, ni en la ley revelada, sino que la única
ley absoluta e inmutable es el respeto a la
dignidad humana. Más aún, el relativismo
filosófico y moral niega que exista alguna
verdad objetiva, tanto en el plano del ser como
del actuar ético. Cada uno tendría
su verdad, dado que cada uno interpreta las
cosas y las conductas según su personal
inteligencia y conciencia. La convivencia nos
obligaría a una verdad admitida por todos,
en virtud de un consenso que nos haga posible
vivir en paz. Este es el fundamento de las leyes
que salen de los Parlamentos democráticos.
La Iglesia no tendría nada que decir
y si lo hace invade un terreno que no le corresponde,
amenazando peligrosamente el orden democrático.
5. Desde estas premisas se
siguen dañinas consecuencias para la
persona, la familia y la sociedad. Así
se explica la justificación del aborto
como un derecho de la mujer, los intentos de
legalizar la eutanasia, el control de los nacimientos,
las leyes cada vez más permisivas del
divorcio, las relaciones extra-conyugales, etc.
etc.
6. La familia cristiana tiene
el grandísimo reto de formar en la verdad
y en la rectitud la conciencia moral de los
hijos, respetando escrupulosamente su dignidad
y libertad, de modo que les ayude a formarse
una conciencia recta sobre las grandes cuestiones
de la vida humana: la adoración y respeto
de Dios Creador y Salvador, el amor a los padres,
el respeto a la vida, al propio cuerpo y al
de los demás, el respeto de los bienes
materiales y del honor del prójimo, la
fraternidad entre todos los hombres, el destino
universal de los bienes de la creación,
la no discriminación por motivos religiosos,
sociales o económicos, etc. Puntos firmes
de esta enseñanza son los preceptos del
Decálogo y las Bienaventuranzas.
7. Los padres deben educar
hoy a sus hijos con confianza y valentía
en estos valores esenciales, comenzando por
el más radical de todos: la existencia
de la verdad y la necesidad de buscarla y seguirla
para realizarse como hombres. Otros valores
claves hoy son el amor a la justicia y la educación
sexual clara y delicada que lleve a una valoración
personal del cuerpo y a superar la mentalidad
y praxis que lo reduce a objeto de placer egoísta.
8. Condición
fundamental de esta educación es crear
en los hijos amor y sintonía hacia la
Iglesia y, más en particular, hacia el
Papa, los obispos y los sacerdotes; para que
vean en ellos la preocupación de una
madre buena que los quiere y sólo desea
ayudarles a vivir de modo recto y digno en este
mundo y gozar de la contemplación de
Dios en la gloria.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
séptima:
La
familia, primera experiencia de Iglesia
A. Canto inicial
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Hech 2, 36-47
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. La Iglesia —Pueblo
de Dios, Cuerpo Místico de Cristo y Templo
del Espíritu Santo —es signo e
instrumento universal de salvación por
el triple ministerio de la evangelización,
la celebración y la vivencia de la caridad.
Gracias al ministerio evangelizador, la Iglesia
proclama la gran Buena Noticia de que «Dios
quiere que todos los hombres se salven»
(1 Tim 2,4) y que para eso envió a su
Hijo Único al mundo. Por el ministerio
de los sacramentos de la iniciación,
incorpora nuevos miembros, les robustece y alimenta;
por los sacramentos de la sanación, les
cura de sus pecados y les alivia en la enfermedad;
por los sacramentos del Orden y del Matrimonio
asegura y cuida eficazmente de sí misma
y de la sociedad. Por la vivencia de la caridad,
construye la fraternidad de los hijos de Dios
y se hace fermento de la sociedad humana.
2. La familia es la primera
experiencia de Iglesia que vive una persona,
pues en ella la persona tiene una primera y
elemental iniciación a la fe, recibe
los primeros sacramentos y tiene la primera
experiencia de la caridad.
3. En efecto, nada más
nacer, los padres llevan a bautizar a sus hijos
y se comprometen a educarles de modo que puedan
recibir la Confirmación y la Primera
Comunión, iniciándoles así
en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Cuando
apenas son capaces de entender algo, les enseñan
las primeras oraciones, bendicen con ellos la
mesa, usan signos religiosos, y les inician
en los primeros rudimentos del amor a la Virgen.
Cuando ya son capaces de comprender mejor, leen
con ellos la Palabra de Dios y se la explican
de una manera sencilla y asequible. Y les son
especialmente cercanos y participes en el momento
en que asumen las responsabilidades de su vocación
personal, como la elección matrimonial
o sacerdotal, religiosa o celibataria en medio
del mundo. Desde el mismo momento de su nacimiento,
les muestran un inmenso cariño y una
constante dedicación, sobre todo, cuando
están enfermos o tienen alguna malformación
o deficiencia física o psíquica.
4. Una experiencia particularmente
intensa de Iglesia en familia acontece cuando
padres e hijos participan en la Misa del domingo.
En ella, al reunirse con otras familias y otros
hermanos en la fe, escuchan la Palabra de Dios,
rezan por las necesidades de todos los necesitados
y se alimentan de Cristo inmolado por nosotros.
La fe crece y se desarrolla con estas experiencias
tan hermosas que dan sentido a la vida ordinaria,
infunden paz en el corazón.
5. En familia se viven también
experiencias especiales de la Iglesia en su
dimensión apostólica en algunos
momentos particulares, vg: el Día de
la Santa Infancia, el Domund, la Campaña
del Hambre, la ayuda países subdesarrollados
o azotados por grandes calamidades, terremotos,
ciclones, , etc.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
octava:
Colaboradores
de la familia: la parroquia y la escuela
A. Canto de entrada
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Lc 6, 6-11
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. La educación cristiana
busca, ciertamente, la madurez de la persona
humana; pero busca, sobre todo, que los bautizados
se hagan cada día más conscientes
del don recibido de la fe; aprendan a adorar
a Dios Padre en espíritu y en verdad
(cf. Jn 4,23), sobre todo, en la acción
litúrgica; se formen para vivir según
el «hombre nuevo» en justicia y
santidad de verdad (cf. Ef 4,22-23) y así
lleguen al hombre perfecto en la edad de la
plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13) y contribuyan
al crecimiento del Cuerpo Místico; se
acostumbren a dar testimonio de la esperanza
que hay en ellos (cf. 1Pe 3,15) y contribuyan
eficazmente a la configuración cristiana
del mundo (cf. Gravissimum educationis, 2).
2. Los padres, al dar la vida
a sus hijos, asumen la gravísima obligación
de educarles y, a la vez, reciben el derecho
de ser sus primeros y principales educadores.
A ellos corresponde, por tanto, formar un ambiente
familiar animado por el amor, la piedad hacia
Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación
integral de los hijos. Por ello, la familia
es —como ya se ha dicho en las catequesis
anteriores— la primera escuela de las
virtudes sociales que todas las sociedades necesitan,
el espacio donde los hijos aprenden desde los
primeros años a conocer y adorar a Dios
y amar al prójimo, el ámbito donde
se tiene la primera experiencia de la sociedad
humana y de la Iglesia, y el medio más
eficaz para introducir a los hijos en la sociedad
civil y en el Pueblo de Dios. La trascendencia
de la familia cristiana es, pues, realmente
extraordinaria para la vida y el progreso de
la Iglesia; tanto que, cuando falta, es muy
difícil suplirla.
3. Pero la familia no se basta
a sí misma para realizar su misión
sino que necesita la ayuda del Estado. Es obligación
de la sociedad civil tutelar los derechos y
deberes de los padres y de los demás
que intervienen en la educación, colaborar
con ellos, completar —cuando no es suficiente
el esfuerzo de los padres y de otras sociedades—
la obra de la educación según
el principio de subsidiariedad y atendiendo
los deseos de los padres, y crear escuelas e
institutos propios según lo exija el
bien común. El Estado, por tanto, lejos
de ser antagonista o entrar en conflicto con
los padres, debe ser su mejor aliado y colaborador,
aportando todo y sólo lo que los padres
no pueden aportar y hacerlo en la dirección
que indiquen los padres. Esta colaboración
leal y eficaz ha de darse también en
los profesores de todos los centros de educación,
sean privados o públicos. De esta colaboración
saldrán beneficiados los hijos, en primer
lugar; pero también la misma sociedad
y la escuela, porque esos hijos serán
mañana mejores ciudadanos y muchos de
ellos harán verdaderas aportaciones al
progreso de la escuela.
4. La familia necesita también
de la parroquia. Los padres, en efecto, realizan
la educación en la fe, sobre todo, por
el testimonio de su vida cristiana, especialmente
por la experiencia de amor incondicional con
que aman a los hijos y por el amor profundo
que éstos se tienen entre sí;
lo cual es un signo vivo del amor de Dios Padre.
Además, según su capacidad, están
llamados a dar una instrucción religiosa,
generalmente de carácter ocasional o
no sistemática; la cual llevan a cabo
descubriendo la presencia del misterio de Cristo
Salvador del mundo en los acontecimientos de
la vida familiar, en las fiestas del año
litúrgico, en la actividad que los niños
realizan en la escuela, en la parroquia y en
las agrupaciones, etcétera. Sin embargo,
necesita la ayuda de la parroquia, porque la
vida de fe va madurando en los hijos en la medida
en que se va incorporando, de una manera consciente,
en la vida concreta del Pueblo de Dios, lo cual
acontece sobre todo en la parroquia. Es ahí
donde el niño y el adolescente, primero,
y luego el adulto, celebra y se alimenta con
los sacramentos, participa en la Liturgia y
se integra en una comunidad dinámica
de caridad y apostolado. Por eso, la parroquia
ha de ponerse siempre al servicio de los padres
—no a la inversa—, especialmente
en los sacramentos de la Iniciación cristiana.
5. Familia, escuela y parroquia
son tres realidades que quedan integradas y
conjuntadas por la educación que deben
recibir los hijos. Cuanto mayor sea la mutua
colaboración e intercambio, y más
afectuosas sean las relaciones, tanto más
eficaz será la educación de los
hijos.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
novena:
La
familia y el modelo de la familia de Nazaret
A. Canto de entrada
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Lc 2, 41-52
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. Las noticias que nos han trasmitido los Evangelios
sobre la familia de Nazaret son escasas, pero
muy ilustrativas.
2. Es una familia constituida
sobre la base del matrimonio entre José
y María. Ellos estuvieron realmente casados,
como señalan san Mateo y san Lucas; y
vivieron así hasta el fallecimiento de
José. Jesús era hijo verdadero
de María. San José no era padre
natural —porque no lo engendró—
ni adoptivo, sino putativo, es decir: era considerado
por los vecinos de Nazaret como padre de Jesús,
debido a que la gente ignoraba el misterio de
la Encarnación y a que José estaba
casado con María. Esta realidad tiene
hoy gran importancia, debido a las legislaciones
civiles y a la cultura ambiental, tan favorables
a las uniones de hecho, a las meramente civiles,
a otras formas, al divorcio, etc. La familia
de Nazaret se presenta hoy como ejemplo de pareja
formada por un hombre y una mujer, unida por
amor de una forma permanente y con una dimensión
pública.
3. La familia de Nazaret vivió
como una familia más de ese pueblo. Es
decir, de una manera sencilla, humilde, pobre,
trabajadora, amante de las tradiciones culturales
y religiosas de su nación, profundamente
religiosa y alejada de los centros del poder
religioso y civil. Un viajero que visitara Nazaret
y desconociera los hechos que conocemos nosotros,
no encontraría ningún detalle
que distinguiese a la sagrada familia del resto
de las familias: ni en la vivienda que usaban,
ni en el modo de vestir, ni en la comida, ni
en la presencia en los actos religiosos que
se celebraban en la sinagoga, ni en nada. Dios
nos ha querido revelar que la vida corriente
y de cada día es el lugar donde Él
nos espera para que le amemos y realicemos su
proyecto sobre nosotros. El secreto es vivir
«esa» vida con el mismo amor y constancia
que la sagrada Familia.
4. Los Evangelios de la infancia
no dilucidan la profesión que ejerció
san José: herrero, carpintero, artesano,
... En cambio, señalan claramente que
era un trabajador manual y que se ganaba la
vida trabajando. María se dedicaba, como
todas las mujeres casadas, a moler y cocer el
pan de cada día, atender las labores
domésticas del hogar y prestar pequeños
servicios a los demás. De Jesús
no dicen nada, pero dejan suponer que ayudaba
a María y, más tarde, a san José
en sus trabajos manuales. La familia de Nazaret
vivió lo que hoy llamamos «el evangelio
del trabajo»; es decir: el trabajo como
realidad maravillosa que da una participación
en la obra creadora de Dios, que sirve para
sacar adelante la propia familia y ayudar a
los demás, y para santificarse y santificar
por medio de él. También en esto
es un modelo perfecto para la familia actual.
Muchas siguen viviendo igual que ella y otras,
pese al trabajo de la mujer fuera del hogar
y a la tecnificación de las tareas domésticas
sigue siendo fundamentalmente igual.
5. La familia de Nazaret era
una familia israelita profundamente creyente
y practicante. Al igual que hacía el
resto de familias piadosas, rezaban siempre
en cada comida, iban cada semana a escuchar
la lectura y explicación del Antiguo
Testamento en la sinagoga, subían a Jerusalén
para celebrar la fiestas de peregrinación,
como la Pascua y Pentecostés, rezaban
tres veces al día el famoso credo hebraico
«Escucha Israel».
De este modo, también
hoy, la bendición de la mesa a la hora
de las comidas, la participación semanal
en la misa del domingo y la lectura de la Sagrada
Escritura siguen siendo fundamentales para que
la familia cristiana realice su misión
educadora.
6. La vida de la familia de
Nazaret estaba totalmente centrada en Dios:
Dios lo era todo para ella. Cuando todavía
eran novios, José se fió de Dios,
cuando le reveló por medio del ángel
que la gravidez de María era obra del
Espíritu Santo. De casados, María
y José tuvieron que oír del hijo
al que acababan de encontrar, tras días
de angustiosa búsqueda, estas palabras:
«Por qué me buscabais. ¿No
sabías que debo ocuparme en las cosas
de mi Padre?» (Lc 2,49). Ellos no lo entendieron,
pero lo aceptaron y trataron de encontrar su
sentido. María, por su parte, no se derrumbo
en la fe cuando vio a su hijo clavado en la
cruz como un criminal e insultado por los jefes
del pueblo. La familia cristiana, cuya vida
es siempre un cuadro de luces y sombras, encuentra
la paz y la alegría cuando sabe ver a
Dios en ello, aunque no acierte a comprenderlo.
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Catequesis
décima:
La
familia, destinataria y agente de la nueva evangelización
A. Canto de entrada
B. Oración del Padre Nuestro
C. Lectura de la Biblia: Hech 18, 23-28
D. Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
1. «La futura evangelización depende
en gran parte de la Iglesia doméstica»
(Discurso de Juan Pablo II a la III Asamblea
general de obispos de América Latina,
1979). Más aún, la familia es
el corazón de la Nueva Evangelización
(cf. Discurso de Juan Pablo II a los Obispos
de África encargados de la pastoral familiar,
1992). La historia de la Iglesia lo confirma
desde sus orígenes. Un caso típico
es el de san Agustín, convertido por
la gracia de Dios implorada con las lágrimas
abundantes de su madre, santa Mónica.
La familia realiza «su misión de
anunciar el evangelio, principalmente mediante
la educación de los hijos» (EV
92).
2. La misión evangelizadora
de la familia está radicada en el Bautismo
y recibe una nueva forma con la gracia sacramental
del matrimonio.
3. La tarea evangelizadora
de la familia cristiana se hace especialmente
necesaria y urgente en los lugares donde una
legislación antirreligiosa pretende incluso
impedir la educación en la fe, o donde
ha crecido la incredulidad o ha penetrado el
secularismo hasta el punto de hacer de hecho
imposible una verdadera práctica religiosa.
Esa geografía se encuentra principalmente
en los países comunistas y ex comunistas
y en los países del llamado primer mundo.
La Iglesia doméstica es el único
ámbito donde los niños y los jóvenes
pueden recibir una auténtica catequesis
sobre las verdades más fundamentales.
4. La familia tiene un modo
específico de evangelizar, hecho no de
grandes discursos o lecciones teóricas,
sino mediante el amor cotidiano, la sencillez,
la concreción y el testimonio diario.
Con esta pedagogía trasmite los valores
más importantes del Evangelio. Mediante
este método, la fe penetra como por ósmosis,
de una manera tan imperceptible pero tan real,
que incluso convierte a la familia en el primero
y mejor seminario de vocaciones al sacerdocio,
a la vida consagrada y al celibato en medio
del mundo.
5. El servicio de los cónyuges
y padres cristianos a favor del Evangelio es
esencialmente un servicio eclesial. Es decir,
está enraizado y derivado de la única
misión de la Iglesia y está orientado
a la edificación del Cuerpo de Cristo.
Por eso, el ministerio de evangelización
de la familia ha de estar en comunión
y armonizarse responsablemente con los servicios
de evangelización y catequesis de la
diócesis y de la parroquia.
6. Este carácter eclesial
requiere que la misión evangelizadora
de la familia cristiana posea una dimensión
misionera y católica, en plena conformidad
con el mandato universalista de Cristo: «Id
por todo el mundo y predicad e Evangelio a toda
criatura» (Mc 16,15) Por eso, incluso
es posible que algunos padres se sientan urgidos
a llevar el Evangelio de Cristo «hasta
los confines de la tierra» (Hch 1,8),
como ocurrió en las primeras comunidades
cristianas. En cualquier caso, dentro del mismo
ámbito familiar debe realizarse una actividad
misionera, anunciando el Evangelio a los familiares
no creyentes y alejados o respecto a las familias
que no viven con coherencia el matrimonio.
7. La familia cristiana se
hace comunidad evangelizadora en la medida en
que acoge el Evangelio y madura en la fe. «Igual
la Iglesia, la familia debe ser un espacio donde
el Evangelio es trasmitido y desde donde éste
se irradia. Dentro, pues, de una familia consciente
de esta misión, todos los miembros evangelizan
y son evangelizados. Los padres no sólo
comunican a los hijos el Evangelio, sino que
pueden, a su vez, recibir de ellos este mismo
Evangelio profundamente vivido...Una familia
así se hace evangelizadora de otras familias
y del ambiente en que vive» (EN 71).
E. Reflexión del que dirige
F. Diálogo
G. Compromisos
H. Oración comunitaria
I. Oración por la familia
J. Canto final
Fuentes:
- Vaticano II: Constituciones Lumen gentium
y Gaudium et spes; declaración Gravissimum
educationis
- Pablo VI: Humanae vitae
- Juan Pablo II: Familiaris consortium; Gratissimam
sane; Evangelium Vitae
- Benedicto XVI: Varios discursos alusivos a
la familia
- Catecismo de la Iglesia Católica
- Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
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